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Nuestro peregrinaje y bautizo al “Camino de
Santiago” comienza con el llamado “Camino
aragonés”. Este es nuestro reto y sobretodo
es, una suma al patrimonio personal. Pero
además para mi es, un reencuentro con el
pasado, con la niñez. En la expedición
figura la emblemática figura de Fernando. De
caminar pausado, de carácter sosegado, de
figura introvertida y de continuos silencios
que, me delatan a un hombre intimista en
continua reflexión. A él, en primera persona
y a cada miembro del grupo deseo agradecer
su convivencia y buen hacer para conmigo.
Primera
etapa
El camino Aragonés, marcado por seis etapas
empieza en Somport (1625 m.), un puerto de
montaña en los Pirineos que, nos conducirá
hasta Jaca (820 m.). El trazado, en descenso,
hermoso, al vaivén de la serpenteada ruta de
verdes, nos descubre y funde en sus primeros
tramos identidades extremas. Desde refugios
ocultos y estratégicos de tiempos bélicos
que, no son más que, heridas en las entrañas
de la montaña a pistas deportivas, hoy
otoño, huérfanas de sus etéreos blancos. El
sonido solo tiene un actor, un intérprete,
el murmullo incesante pero callado del río
Aragón que, nos acompañará durante varios
días, fiel, al baile de pensamientos que el
peregrino empieza a esgrimir y donde éste,
se siente dueño de sus silencios entre un
constante bosque de boj. La danza de los
sentidos ha empezado. Es la primera etapa.
La más soñada, la deseada. En ella las
fuerzas están intactas. Son más de 31 Km.
Y entre danza y danza encontramos municipios como Candanchú que
se guarece entre las ruinas del hospital de
Santa Cristina de Somport del siglo XII y
las esbeltas y modernas pistas de esquí.
Puerto Canfranc , hoy victima turística, nutrido de
gentes y ladrillos y con una impresionante
estación en ruinas a las que parecen poner
fin en estos años, y más abajo, a sus pies,
el pueblo que denota melancolía en sus
recuerdos, posiblemente único municipio que
ondea la bandera republicana en su ajada
plaza, en su orfandad vecinal y que, al
despedirnos su foto en blanco y negro nos
muestra su último guiño con el bello puente
del siglo XII sobre el río Aragón. Siguiendo
el camino pasamos por Villanua y
Caseltillejo, pequeños municipios asentados
ya en la falda pirenaica y que muestran otra
orografía más propia de su cercanía al valle, más cereada.
Y por fin Jaca, otrora capital del Reino de
Aragón (1.035) por la gracia de Ramiro I y
que tiene el honor de poseer la primera
Catedral románica construida en España.
Ciudad ciudadela, cálida y deseada tras una
larga ruta donde espera el reposo de los
primeros cansancios del peregrino y
convertida por una noche en víctima también
de sus apetitos.
Segunda
etapa
Jaca-Puente la Reina de Jaca, etapa de 20
km. cargada de sensaciones y plásticas
panorámicas entre asfalto y camino. Si
durante la primera parte de la etapa de
Somport el bosque era de Boj, ahora nos
adentramos en un inmenso océano de Robles de
Quejigo. El espectáculo es armónico y
otoñal, digno de las paletas y pinceles de
los mejores pintores paisajistas. El
colorido es sublime y antagónico, pues la
hoja palidece y muere superando incluso la
hermosura primaveral. Estamos en la margen
izquierda del valle, a penas a unos metros
del río Aragón que vertebra junto a la
carretera, dicho valle; es nuestro hilo
conductor, aquí ya se hace mayor, su cuenca
adquiere la madurez a pesar de su poco
caudal. A nuestra derecha toda la cornisa
pirenaica sublime y esbelta se exhibe en un
día claro y azulado mostrándonos su desnudez
y sequedad. El desvío al Monasterio de S.
Juan de la Peña nos queda un poco
alejado de la ruta, quizás en otra ocasión.
Esta puede ser una buena excusa para volver.
Ya cerca del destino, Santa Cilia de Jaca un
pequeño pueblo apenas habitado en el que
destaca su iglesia del siglo XII, una vez
más cerrada, parece que el peregrino tendrá
que buscar otro descansadero menos
trascendente. Aparecen las primeras
“corredoiras” bellas serpentinas que
emparedan al peregrino entre sus propias
hojas y sus pensamientos; de vez en cuando
alguna foto, también algún adjetivo y casi
en el fin de etapa el olimpo de los deseos
un inmenso y precioso pedregal de chimeneas
de piedras unas sobre otras, de cuantos
peregrinos anduvieron por el camino... Y en
su final de etapa la monumentalidad del
puente que corona al Aragón da entrada al
cruce de caminos de Puente la Reina de Jaca.
Tercera
etapa
La tercera
etapa tiene como destino Artieda a 21 km.
Nuestras fuerzas empiezan a notar el
cansancio y aparecen las primeras ampollas.
El día se presenta entre un aire frío y un
cielo raso, siendo el paisaje más árido.
Poco a poco vamos alejándonos del valle.
Estamos en la falda sur. En nuestro
peregrinar no pasaremos por ningún pueblo
pero todos nos observarán desde la
distancia, Arrés, Martes, Berdún y Mianos
todos ellos estratégicamente alzados sobre
el valle observando y respetando el paso y
los silencios de los peregrinos; También el
río se toma un descanso quizás escondido en
alguno de sus meandros, pero nuestra
orfandad es pronto restaurada por la
presencia de los primeros peregrinos que nos
encontramos, sin embargo a penas duraron 1
km. debieron desviarse hacía algún municipio
de los citados. Perdimos su referencia pero
la suerte estaba de cara y pronto unos
almendros saciaron nuestro apetito, con
Chema como recolector, pero fue Celestino,
el pastor de Martés quién nos dejó sabiduría
y un muy grato recuerdo. Sus enseñanzas,
entre ellas como hacer desaparecer una
verruga con boj, o la grandiosa historia del
“casanova carnero de Berdún”, capaz de
preñar a setenta y tres ovejas en una
noche, ah, y como decía Celestino “¡… y las
que no se quedaron!” y su singular dominio
del lenguaje, dieron frescor y respiro a la
etapa, Celestino fue una bocanada de aire
fresco, pero el camino apenas había llegado
a su ecuador. Llevamos tres etapas y las
tres bellas y distintas. Mientras el bordón
seguía su andadura, la belleza de la calma,
el silencio y la lejanía me incitan a volver
a ensalzar cuanto veo pero el atrevimiento
hoy me parece un insulto. Para terminar, el
cielo de Artieda, erigida en lo alto de un
monte, un municipio restaurado de gran
belleza y sorprendentes vistas donde nos
espera la posada del peregrino, el descanso
y un poquito trasnochada la comida. Una vez
más la iglesia nos enseña su esbelta
silueta, escondiendo sus entrañas a los
peregrinos que no nos queda más que observar
desde una perspectiva cultural y alejada de
la religiosidad de otros tiempos. Quizás en
el siguiente municipio…
Cuarta
etapa
Artieda
–Sangüesa de 27,5 Km. Fernando parece muy
tocado con las ampollas, pero decide seguir
en un día de madrugada fría y con un cielo
permanentemente raso. El trazado de la etapa
que, en un inicio se hace por carretera,
bordea durante mucho trayecto el pantano de
Yesa. Mientras los peregrinos avanzamos por
un bosque de roble nos encontramos con la
corredoira más larga de todo el camino,
florida serpentina que exhibe su cresta en
la ladera sur del valle y que cobija al
peregrino de las inclemencias del tiempo, a
la vez que protege las adorables
meditaciones ante un paso estrecho y
resquebrajado por el ruido de la hojarasca
otoñal y que, a modo de alfombra, nos
adentra en las mismas entrañas del monte y
hasta las ruinas de la ermita de San Juan,
donde decidimos serenar nuestro apetito. No
imaginábamos que a penas unos 500 metros nos
encontraríamos con las imponentes murallas
de la fortaleza del siglo X sobre el
fantasmagórico pueblo de Ruesta, grande y
abandonado que llena de nostalgia y
silencios la comarca y donde en otros
tiempos se adivina muchedumbre y algarabío
propio de los quehaceres rurales. Pero
también fue en Ruesta donde habita una nueva
especie de varonil doncel, llamado José
Miguel, quizás salido de las propias
murallas ancestrales y que ataviado con
tintes restauradores, a la petición de un
añorado café, irrumpe con virulencia y
atropello el sosiego de los caminantes, con
baterías y efectos especiales sobre las
energías renovables y sus controversias. Fue
la anécdota de la etapa, como en la
anterior lo fue Celestino. Ahora nos queda
el descenso a Sangüesa, con Fernando muy
tocado en sus pies. Fue la casualidad y la
fortuna la que quiso que al anclar el bordón
en el camino, una moneda romana saltara, a
nuestra vista, resultando ser de tiempos de
Constantino el Grande del año 307 al 337.
Ese también fue nuestro pequeño tesoro. En
definitiva un breve diario de la bonita y
pintoresca despedida de Aragón y la entrada
a Navarra a través de Sangüesa.
Quinta etapa
Sangüesa –
Monreal de 30 Km. Una etapa dura, durísima
por varios factores. En primer lugar porque
Fernando no puede seguir. Sus pies dijeron
“basta ya”, dejándonos huérfanos de su
entrañable compañía. La salida, atravesando
el férreo puente de Sangüesa, distanciándonos y
diciéndole adiós, fue el primer lienzo del
día pero faltaba lo mejor que llegaría justo
al final. Por otro lado el cansancio
acumulado, el sufrido asfalto en los
primeros kilómetros, las condiciones
climáticas con mucho viento de lado y de
frente, unido a unas malas indicaciones del
“Camino” hicieron que fuese la etapa reina.
Pero también nos esperaba lo mejor, la Foz
de Lumbier, precioso cañón emparedado entre
túneles ciegos y coronado por buitres y
rapaces que otean las expresiones de cuantos
acudimos a recrearnos en la belleza
paisajística. Fueron 2 Km. excepcionales y
poéticos. Fué un regalo a los sentidos que
ya parecían cansados pues unos y otros
ansiaban el objetivo de la meta difuminando
y perdiendo esplendor la belleza y los
aromas del
trazado. En Izco nos esperaba la comida
pero, sólo agua fue nuestra ingesta y unas
uvas arañadas a unas cepas ya hacía unos
kilómetros. No tuvimos otra alternativa, más
que seguir. Diez kilómetros para la meta y diez para
volver con Fernando. Ese fue el momento
cumbre del día, el lienzo más imaginado y la
foto que falta de la aventura del Camino
aragonés. Cuando decimos adiós a la última
"corredoira" y a la entrada a Monreal, yo
diría que por la puerta de atrás, Fernando,
el Gran Fernando, Fernando el Grande, nos
recibe con una bandeja de pasteles
exquisitos y sublimes a los que nos lanzamos
como unos posesos, era nuestra pequeña Foz
de Lumier y nosotros los buitres. Cuatro
cámaras y ninguno fuimos capaces de tirar la
foto pero es la imagen que quedará en el
recuerdo de todos.
Sexta etapa
Monreal -
Puente la Reina. Última etapa de casi 31 Km.
larga y con abundancia de pueblos. Pero es
la despedida, la etapa de la llegada, cada
kilómetro que dejamos atrás aligera la carga
y disminuye la dureza del trazado, hoy me
atrevería a decir que fue hasta cómoda y
serena. Como serena y constante fue la
mirada de Pamplona que nos acompañó al menos
media jornada, convirtiéndose en nuestro
horizonte norte. En esta ocasión y ya en
Tiebas si hubo comida junto al emboínado y
barbudo vasco que parecía salido de un comic
de Hergé, y más cuando degustamos sus
bocatas, ¿verdad Paco?, Pero la gran comida
estaba por llegar en Eneriz, ya cerca de la
meta, la suculencia de los manjares
premiaron a los peregrinos con “pólvora
gastronómica”. Pero la guinda del postre fue
pasar por la Ermita de Santa María de Eunate,
Octogonal, preciosa y sita en un cruce de
caminos, la única abierta en todo el trazado
para dar descanso al caminante y
curiosamente mantenida por un ermitaño.
Parece que el aspecto religioso también
sufre metamorfosis. Y por fin Obanos el
pueblo donde se juntan los caminos de Aragón
y el Francés, y donde se nos acaba la
distancia por recorrer, pues estamos en la
entrada de Puente la Reina, donde nuevamente
Fernando nos espera.
Este es
el pequeño diario del “Camino de Santiago en
su paso por Aragón”, donde cinco peregrinos
compartieron seis días y seis etapas que se
nos grabará en nuestro recuerdo porque
además de ser un punto de encuentro con la
tradición es poner del revés nuestro
interior para escuchar sus silencios, para
no huir de las tertulias, para hacer
inolvidable la rutina de cada paso y
descalzarse a la reflexión en un lugar donde
la alfabetización del paisaje emana una
belleza melancólica, y donde las risas,
miradas y gestos de cada individuo
engrandecen el espíritu de la aventura. |